miércoles, 1 de julio de 2009

La paradoja


El autor:

Antonia Blasa Martín Pérez

Declaro que soy la autora de la obra “La paradoja” y autorizo su publicación en el blog El escritor y su obra. Espero les guste y podamos seguir compartiendo.

Su obra:
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Título:... La paradoja (Relato corto)
Autor:...Antonia Blasa Mart.in Pérez
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.Los seres humanos a veces se comportan como gusanos, son especie de generación tardía donde la indiferencia hizo nido para la mutación. Mundo infinito creado por Dios para ofrecer un lugarcito tibio a los vivientes, incluyendo a los gusanos, que exceptuando por la repulsión que causan, debieran tener mejor calificativo y en la soberana comparación ganan en clemencia ante los ojos del Señor.
Yo lo vi
En una calle de esas de ciudad grande que son de todos o de nadie; pero anchas y libres para hombres, para gusanos, para bestias y para el amor, yo lo vi. Digo de ese amor que anda suelto cabalgando lo mismo sobre elegantes de leontinas de oro, que susurrando dádivas entre harapos, digo de ese amor para no confundir a los gusanos. Así es el mundo.Grande y pequeño. Amplio y estrecho. Entero y roto. Donde todo cabe y todos cabemos, al menos así debía ser. Yo lo vi.
Era un viejo extraño y harapiento, con los ojos demasiado grandes para sus órbitas pequeñas, tal vez por el hambre o el frío, quizás por el desamor. No pedía dádivas el triste viejo, las recogía de lo que otros dejaban. Infeliz viejo sin nombre, sin calle. Feliz viejo estoico de sonrisa maltrecha, inocente y ajeno; soñando con besos ausentes que se perdieron en la memoria.
Yo lo vi.
La prepotencia enfundada en traje de hombre; hombre despiadado y miserable sin la funda de su traje .La boca grande como fauce mascullando ofensas al desvalido.Tiranozuelo tonto creyéndose Dios y oliendo a colonia cara. Cerró esposas en las frágiles muñecas del vagabundo sin el más mínimo respeto; un volcán sucio de improperios fluyendo de las fauces abiertas y babeantes: "Prohibido recoger dádivas. Contravención al orden. Desvergüenza para la calle. Mancha para la sociedad. Hedor para el aire."
Yo lo olí.
Y el gran ser humano bajo los harapos llevado en andas.Y el pobre viejo sin calle conducido por la fuerza.Y el pobre hombre cubriendo su vergüenza con excusas mientras los ojos marchitos relampagueban. Era una cacería para el buen nombre de la calle de todos y de nadie. La fiera conduciendo al hombre para ser devorado por el desamparo. Era la soberbia y prepotencia de un gusano que parecía humano llenándose de euforia por un acto de seguridad.
Yo lo vi.
La calle se puso triste como si una carroza fúnebre condujera a un rey muerto hasta la cripta de mármol.Un silencio respetuoso acalló la orgía.
Yo lo sentí.
En la otra esquina donde competían el oro y el brillo, un pillo cualquiera traficaba con el pudor y se guardaba el dinero maloliente.Y siguió pisando firme sobre la calle de todos, sin bestias ni hombres tras sus espaldas anchas y su estómago repleto.
Yo lo vi.
Dicen que el mundo es ancho. Dicen que la calle es de todos. El andén perfumado se cubrió de un vómito violeta.
Yo lo olí.

jueves, 28 de mayo de 2009

El funeral




El autor:

Tomás Macho de Quevedo López, autorizo a la Agrupación Cultural "Carmen Martín Gaite" a publicar en el Blog de la Agrupación la obra de mi autoría

Su obra:



Título: El funeral (Relato corto)
Autor/a: Tomás Macho de Quevedo López





Jacinto Contreras cumplía los años el mismo día de su muerte. Y por más que le doliera los cumplía año tras año, sucesivamente, como todo el mundo, con la cansina cadencia de doce meses por año, aunque él durante setenta y nueve veces más, hasta que la vida se aburrió y dijo basta: como acostumbra la vida a decir desde siempre. Se pitorreaba con tanto descaro de sus paisanos, que muchos dejaron de hablarle por no sentir la vergüenza de verse acribillados por su verbo agudo en el momento más inoportuno y, sin embargo, no poder arrearle un buen golpe en esa bocaza que era lo que se merecía. Pero la ponzoña que alguna mala gente escupe a la buena gente, hiere tanto, que a veces es capaz de quedarse impregnada durante años. Y el tiempo no logra hacer olvidar ni perdonar. Y se quedaban con las ganas de arrearle y con la hiel en la boca. Alguno más harto era capaz de murmurar entre dientes la sin razón de la media hostia del tío ese y los más débiles aconsejaban a los que perdían el control eso de…déjalo estar que ya se aburrirá…que ese solo está buscando que alguien le meta una buena para organizar el lío…Y el resto pensaba que para qué. La que se podía montar si alguien le ponía la mano encima podía ser fina: Jacinto procuraba no ponerse demasiado en peligro y si era preciso buscaba la protección del que tenía la obligación, que no las ganas, de hacerlo así en algún momento requirió el servicio de los números de la guardia civil y estos se lo hicieron saber a la gente.
Estando a su lado y prestándole atención, daba la impresión de que le habían dado mucho más de sí sus años que a todos los de su quinta juntos, que no eran pocos, en el pueblo de viejos en que se había convertido en pocos años, tan bullicioso antaño y tan abandonado ahora por la juventud que escapaba como huyendo del propio demonio. Era el que más “de todo” había hecho, el que más “de todo” tenía e incluso al que más cosas desagradables le habían pasado nunca. Y resultaba en sus palabras tan convincente que nadie se atrevía a poner en duda los discursos de Don Sabioto, como le acabaron llamando. Hasta predijo que él sería el primero de todos ellos en morir. Esa afirmación le entristecía tanto que se ponía a llorar y la lástima de verlo provocaba en la gente mayor interés y se acercaban un poco más e incluso el más osado de todos hasta le preguntaba el por qué decía lo que decía. Jacinto Contreras que lo sabía respondía o bien con un insulto o bien con una patada a la buena fe de la gente…a mi lo que verdaderamente me jode es no poder veros muertos uno a uno y el sufrimiento que vayáis dejando…y se echaba a reír de un modo exagerado agitando extremadamente los brazos en forma de molino, en medio de la espantada general.
En este momento se encontraban de funeral en la iglesia mirándose de soslayo los unos a los otros, repasando los malos momentos que les había dado Jacinto Sabioto y a la vez pensando quién sería el próximo en acompañarle.
Se consideraba un hombre feliz y sin embargo la gente que le conocía más, aseguraba que esa afirmación tenía un vestigio de soledad, de autoprotección y de complacencia ante la cruda realidad. Su infelicidad empezaba por él mismo y por su comportamiento un tanto despreciativo de cara a los demás. Nunca había sabido cual era la medida entre el sentirse feliz con lo que a uno le ha tocado vivir e intentar dar envidias y enredar a todo el que podía. Pero eran muchos los que le hacían corro para escuchar sus historias. Historias que a buen seguro nadie creía del todo pero que sin duda entretenían a la mayoría del auditorio. En lo que todo el mundo estaba de acuerdo era en su especial manera de ser y de contar. Siempre fue un hombre un tanto especial. Ya de niño, sus padres se lo repetían una y mil veces con ese tópico que cada padre emplea para su propia conveniencia. !Por Dios que niño más especial eres para todo¡. Acompañado de un coscorrón o un cogotazo. Es el legado de la historia. Pero ahora y en la hora de su muerte con los setenta y nueve cumplidos el mismo día, ese tópico quedaba realzado y todo el mundo que asistía y velaba su cuerpo lo pensaba pero nadie se atrevía a decir.
¡Un hombre especial hasta para elegir el día de su paso a la eternidad!. Así empezó a sermonear el cura Don Paco, o el "Pacurilla" como se le conocía en los círculos más críticos del pueblo, haciéndose eco del pensamiento popular, señalando la sencilla pero a la vez señorial caja mortuoria que el propio finado había dispuesto cuando se supo morir. Y que ahora descansaba sobre un catafalco inestable hecho con toda la buena fe pero con la austeridad que siempre proclamaba, como su verdadera religión, por el sacristán, hombre que velaba por la iglesia en el sentido más amplio de la palabra y que muchos de los allí presentes se mostraban preocupados por si se fuera a caer. Uno le decía al otro menos mal que este ya no se mueve porque si no se daría la hostia que nadie se atrevió a dale en vida. Y esbozaban de soslayo unas sonrisas que a veces se acompañaban con una especie de hipo reprimido que hacía volverse a la fila inmediatamente anterior. Decían las lenguas viperinas, que el nombre de Paco se lo pusieron sus padres porque les parecía el nombre más apropiado para que el niño se encarrilara por el buen camino: Camino de la curia romana. Todo un reto para esos padres. Otros decían que en verdad le pusieron Ladislao pero que cuando el niño ya con uso de razón y una vez tomada la primera comunión le confesó a su madre su intención, Madre, dijo muy solemne, eso quiero hacer yo. Desde ese mismo momento se decidió que le llamarían Paco, como decir, como el nombre artístico. Y esa madre orgullosa dónde la hubiera por el sentido de madurez de su primogénito y único hijo. Ella decía que estaba orgullosa de su primogénito: Pero señora no diga usted eso que parece que tiene usted una docena de hijos, cuando es el único te tiene. Ella alzaba la cabeza y orgullosa inhalaba los momentos como si fueran aromas que el Señor le había mandado. Y cuando los médicos le diagnosticaron no sé qué cosa de los huesos y le dijeron que no iba a levantar más de un palmo del suelo, se aplaudió malignamente la decisión celestial de hacerle pequeño para que le fuera ajustado el nombre con la profesión. Pero allí en lo alto del púlpito se crecía, sus sermones eran doctos, brillantes y cargados de metáforas que los fieles apenas entendían pero que valoraban precisamente por la amalgama de latinajos que metía entre frase y frase. Cuanto más denso y menos inteligible fuera, mejor, más trascendente. Como les pasa a las medicinas que cuanto más cuestan más curan -Ha debido de ser muy importante lo que ha querido decir Don Paco porque no le he entendido nada, menos que nunca.- decía una señora a la salida de la iglesia y su compañera agarrada del brazo asentía - y muy interesante- a la vez que expresaba su admiración - ¡Ha estado francamente bien¡. -¡Que bien habla este cura! decían otros. - Y en todos se notaba el signo de la ignorancia en su estado de gracia. Y es que este tipo de cosas siempre ha impresionado. Se le veía hasta más alto que los monaguillos que trataron en vano de averiguar si se valía de algún poyete para aparentar o era sin más el efecto óptico del púlpito pegado a la media columna o era que levitaba como le sucedía a Santa Teresa por la gracia de Dios. Si el púlpito por si mismo y allí pegado a la columna, como si le hubiera salido una giba, sin cura ni nada, impone, con cura, mucho más aunque este sea Don Paco. Don Paco tenía mucho que contar de su amigo Jacinto tanto que no sabía por donde empezar. Se conocían de chicos y se puede decir que había habido de todo en su amistad pero lo significativo del caso era lo distinto que eran uno del otro si el uno iba para cura el otro para diablo tan distante, tan distinto en pensamiento, en palabra en obra y también en omisión como a veces le recordaba el mismo Paco a Jacinto. Tal era así, que mucha gente pensaba que la relación de amistad no podía durar mucho más allá de cualquier improperio de uno para que fuera devuelto por el otro doblado y que empezara una guerra que los más pesimistas decían que hasta podía ser decisiva para uno de los dos. Craso error ahora y en la hora de su muerte nunca se pusieron de acuerdo en quién iba a morir primero. - Yo a lo máximo que llegaré si mueres tú primero, es a emborracharme durante la novena que se le reza a los muertos para que penes, con perdón, tus penas en el purgatorio. Será mi canto y pero esto no te lo prometo te hago una misa que será la única vez que me veas entrar aquí, si es que estás en algún sitio viéndome como les dices a los que te gusta tanto engañar. Nunca pudo imaginar que fuera el cura el que le sobreviviera y que el verdugo fuera su amigo el cura que ahora y de cuerpo presente tuviera que aguantar como un fiel más el sermón que se disponía a darle: eso sí, cómodo. Como decía Paco el hombre propone y Dios dispone querido Jacinto a lo que Jacinto respondía todo una canto al antojo de tu Señor querido Paco.
“Hermanos en Cristo, nos hemos reunido un día como hoy para despedir a un amigo del pueblo, a un hermano que lo era de todos nosotros Jacinto Contreras.”
- Espero que seas breve...
“ En estos momentos de dolor tan intenso por la, aunque esperada, no por ello menos dolorosa, desaparición en su estado físico, en su estado material, - como a él sin duda le gustaba decir cuando hablaba de estos temas – ya que él nunca nos dejará, pues estará siempre presente en nuestras memorias – Y hacía una de esas pausas que más bien parecían finales de sermón pero que de repente, cogiendo mucho aire, gritaba irritado. – y porque del mismo modo que Dios nuestro Señor está ahora mismo a su lado, también estamos nosotros con él, aunque ya no le podamos ver, aunque ya no le podamos nunca jamás oír, nunca, nunca, nunca, dejará de estar con nosotros.
- Así me gusta Paco, Dios a mi lado y no yo al de él. Me halagas…

lunes, 27 de abril de 2009

Sombras en el patio




El autor:

Olga María Romero Mestas

El cuento era para la VIII edición, y ya no debe servir para la novena, pues a última hora lo incluí en un libro de cuentos míos que acaba de salir de imprenta. De todos modos, es un texto que me gusta mucho, y si a usted le gusta, le expreso mi acuerdo formal para publicarlo en el blog.
Yo soy editora de la editorial que acaba de publicarme, así que le garantizo la cesión del derecho de autor, sin líos, como decimos acá.


Su obra:

Título: Sombras en el patio (Relato corto)

Autor/a: Olga María Romero Mestas


A Carlos Victoria, in memorian

Ana está esperando a alguien que es amigo de su madre desde la infancia, un escritor conocido. Tiene proyectos e ideas informes que conversar con él; quizás pueda recibir alguna sugerencia que la ayude a terminar un libro. Descalza, se para en el umbral del patio: quiere recoger limones verdes. Deja los papeles encima de la mesa auxiliar, bastante regados.
La primera vez que conversó con el escritor él le contó de las limonadas frías que prefería tomar por las tardes, antes de la comida. Las matas siguen siendo las mismas, pero ella sabe que el desarraigo podría ser más fuerte que la memoria. Comparte con él cierta estética del desaliento que se extiende por zonas inefables: la tierra ya no huele igual cuando llueve, las rutas mágicas que permiten aprehender la ciudad se van desdibujando en el imaginario colectivo, no se pertenece a ningún sitio.
En las clases de literatura nunca un profesor lo mencionó. La censura puede más que las palabras, y las prohibiciones ningunean cualquier obra que no esté debidamente aprobada en el plan de estudios. Ni siquiera ha leído todos sus libros, porque no hay dónde encontrarlos. Se ha hecho una imagen del autor que está definitivamente vinculada a los recuerdos de otros, al mito que lo envuelve, al afecto casi familiar que siente su madre por el niño de entonces, que fabuló para ella un mundo de irreverencia y desorden.



—Niña, póngase zapatos.
—Abuela, déjame tranquila.
—Quién ha visto recibir visitas sin zapatos…
—Abuela, déjame tranquila.
—No me replique, ni me hable de tú, fresca, y ande a ponerse zapatos, que yo preparo la cafetera y enciendo la hornilla de carbón.
—Abuela, déjame tranquila. Voy a hacer el café yo misma, y la comida. No me des órdenes que ya soy mayor.
—Atrevida. Es una descortesía recibir a una visita sin zapatos.
—¡Abuela, déjame tranquila!
—Voy a salir a la iglesia, porque me va a dar un soponcio. Dejo la puerta del pasillo entreabierta, para no llevar la llave. Vea que no se descuide: cualquiera puede entrar. Vea que no se le queme la comida.



Ana pone el café y sale al patio. Casi nunca comparte ese espacio con nadie. El olor de los ajíes, las ciruelas amarillas cuando están bien maduras, los mangos enormes, las mandarinas, iban marcando el paso de clases a exámenes, a vacaciones, a clases nuevamente. La acompañaron los olores en sus martirizadas horas de incertidumbre en la fe, en el desánimo que escuece. Eso ha quedado atrás. Ya no hay más beca, ni grupos de amigos que rezan juntos, ni malecón donde cantar en las noches, ni mar lleno de gente que va en busca de algo que el escritor no encontró. Sabe que no lo encontró porque ha conversado mucho con él, cuando viene de visita a Cuba. Se pregunta qué sería exactamente lo que buscaba, porque nada, absolutamente nada, ni siquiera Dios, ha curado la tristeza de ese hombre que se extravía siempre en la memoria de la calle llena de polvo donde creció, de los amigos que bebieron con él, y de quienes lo acompañaron en la ardua tarea de no beber más.
Se sienta sobre la tierra, y escucha. Su hijo de tres meses puede empezar a llorar en cualquier momento, y tendrá que darle de mamar. Es difícil escribir después de dar el pecho toda la madrugada. Está agotada, y aún así la anima el encuentro previsto, los gestos que conoce, la voz de alguien que ha escrito en condiciones quizás más difíciles, agobiado por la política y la locura familiar. No ha averiguado si quiere realmente escribir, porque cuando lo intenta las cosas le parecen demasiado propias, íntimas, y no quiere reconstruirse a partir de palabras.
En el patio ha bebido, ha fornicado, ha rezado, ha pasado horas enteras en las ramas. Tiene una foto con su hermano, subidos en la mata más vieja de naranjas valencia, comiendo hollejos y chorreando jugo. Hubiera querido detener el instante en algo más que una foto, porque lo sabe deshecho por las diferencias. También al escritor lo acompañaron las diferencias, aunque de eso casi no quiere hablar. Habla de aquello que conoce bien: las raíces en el patio de Ana, la fuerza del chorro que sale del pozo de mano, los pilones de mármol rotos por el uso de un siglo, abandonados bajo las matas de café y limón.
La tarde es tibia, apenas fresca bajo los árboles. Cuando niña, ese era su feudo particular —a la abuela le cayó un mango en la nariz y le partió el vómer, y no ha vuelto a pararse por ahí—. Llevaba a las muñecas de excursión, con el extravío correspondiente. Venía a salvarlas su padre, que sabía del terror a la noche que ella sentía: cuando oscurecía no le importaba nada que no fuese su propio miedo. Ya no siente pánico, pero se guarda bien de las sombras en el patio. Por eso nota que es hora de entrar, y dedicarse a hacer la comida y el café. Se le ha hecho tarde, está sin bañarse, y ni siquiera ha recogido los limones. Arranca unos pocos y regresa a la cocina.
Allí está el escritor, quién sabe desde cuándo, descalzo; ha puesto a hacer el café y revisa los papeles en desorden.

domingo, 5 de abril de 2009

Feliz aniversario




El autor:
Yo, Yanet Elena Carbonell Meza, Venezolana CI. 6.364.134, participante en el VIII Certamen Carmen Martin Gaite, autorizo a la mencionada asociación Cultural para publicar en su blog, el relato breve de mi autoría, “Feliz Aniversario”, el cual quedó entre los cuentos finalistas.Muchas gracias por la oportunidad de participar.Sin otro particular a que hacer referencia se despideYanet Carbonell.
Su obra:
Título: Feliz Aniversario (Relato breve)
Autor/a: Yanet Elena Carbonell Meza

Quien iba a decir que esta pareja estaría celebrando su decimoquinto aniversario, ni ellos mismo lo hubieran sospechado, habían seleccionado con tiempo un café en el centro de la ciudad, muy poco conocido pero fácil de recomendar.Caminaron por el boulevard que lleva directo al Panteón Nacional, que más que un espacio de paseo funge como un corredor vial peatonal, la gente transita velozmente a los lados de antiguas casa pintadas con el deterioro de los años, una plaza adornada con indigentes, tomados por el alcohol y perfumada con sus residuos; antiguas “fuentes de soda” con sus banquetas redondas y giratorias. Es una zona con tonalidades grises, todo puede pasar desapercibido, excepto, la gran puerta que lleva al Café Veroes. Ésta se extiende hacia el cielo, al traspasarla el verde jardín principal da la bienvenida con una cálida iluminación natural y el brillo de los pisos, a los lados, los muebles antiquísimos haciendo gala del mantenimiento que reciben, acompañan el recorrido hacia la biblioteca, allí se observan personas leyendo el periódico del día, abanicados por la abundante vegetación del patio trasero hacia el final del mismo, allí está el café.Mientras hicieron el recorrido, ella hablaba sin parar y casi sin respirar; del tráfico, la gente, el calor y halagaba el lugar por ofrecerle un oasis en medio del caos. Él la miraba sonreído reconociendo la misma mujer de siempre.Tomaron asiento en una mesa que les permitía disfrutar del jardín y desdibujar por unos instantes el “centro de la ciudad”. Él espero pacientemente que ella hiciera una pausa y le dijera lo mismo que tantas veces: - habla tú, que ya he hablado mucho, yo si hablo ¿verdad?Él mantuvo el silencio un instante y le dijo:- ¡Tantos años! ¡Ha sido muy bueno tenerte a mi lado! ¿Recuerdas cómo fue al inicio?, tuve tanto temor a que me rechazaras, te veía tan profesional, tan seria, tan controlada, que jamás pensé que me corresponderías. Cuando me atreví a preguntarte: ¿alguna vez te enamoraste de la persona equivocada? Casi me desmayo cuando me dijiste, si… de ti.- Si, que gracioso, ¿no? De verdad, no supe que me pasó, para mi fue sentirme enamorada por primera vez, el insomnio en mi corazón, los movimientos de mi estómago suplicando tu presencia que arreciaban al escuchar tu voz, o al verte. Soñaba con repetir aquel primer beso dentro de mi carro, en aquel estacionamiento. Mi corazón se ahogaba si no estabas, me volví una mujer desesperada y celosa, nada más me importaba, sólo, saber qué hacías, quien te llamaba, y seguir todos tus pasos. Nunca te lo he dicho, pero era igual de grande la intensidad del amor que del sufrimiento cuando no sabía de ti. ¡Gracias a Dios ya no es así!Él, bajó la cabeza, apretó los labios y la tomó suavemente de la mano, levantando ligeramente la vista para decirle:- Ya me he dado cuenta que no sientes lo mismo, he estado temiendo que tal vez te gusté otra persona.- ¿A mi? No, jamás, tú sabes que mi corazón sólo te pertenece a ti y a mi esposo, y por cierto, ¿tu esposa cómo está?.