jueves, 24 de noviembre de 2011

Presentación entrega de premios 2011


El autor:
Inés Gorospe Tejero (Concejal de Cultura Ayto. El Boalo)

Su obra:
Presentación Clausura XI Certamen


Buenas tardes a todos y a todas.
En primer lugar quiero agradeceros vuestra asistencia a la entrega de premios de la undécima Edición del Certamen de Narrativa Corta "Carmen Martín Gaite". Una convocatoria surgida en 2001, entre otros motivos, por una razón enormemente triste, como fue la pérdida de Carmen Martín Gaite; pero que con los años, con el esfuerzo y la participación de las personas que, como vosotros, habéis asistido a este acto, se ha convertido no sólo en un motivo de alegría, sino en una forma de honrar su memoria.
En este agradecimiento me gustaría mencionar muy especialmente a Antonio y a Tomás, quienes con su esfuerzo mantienen esta iniciativa, gracias a la cual El Boalo es conocido para muchas personas de muchos rincones del mundo por albergar literatura. Lo que en un primer momento fue un certamen local, pensado para el disfrute y la participación de los vecinos y vecinas, se ha convertido con los años en una cita importante para los amantes de las palabras y para futuros escritores que, como probablemente le sucedería en su día a Carmen, sueñan con hacer aquello que más desean: escribir.
En esta edición han participado más de 1000 obras, más de 1000 creadores y creadoras  nos han contado sus historias y con los relatos cortos que han presentado, con el acto de generosidad que supone el dar a leer lo propio a alguien ajeno, recuerdan además a alguien que vivió por y para la escritura.
Esta convocatoria tiene una peculiaridad que me gusta especialmente y que creo que en este certamen se ha mantenido intacta a pesar del transcurrir de los años y es el hecho de que el concurso premia las obras y no a los autores. Es decir, se premian las palabras y lo que ellas nos sugieren y, con ello, se anima no sólo a la escritura, sino también a los lectores. ¿Porque qué sería de los libros sin ellos? ¿Y qué sería de nosotros sin literatura, sin palabras, sin memoria?
Otra cosa que me gusta del certamen es que lleva allá donde lo extiende el boca o boca, y sobre todo el arroba a arroba, el nombre, la figura y la obra de Martín Gaite, de esa mujer que ha dejado impregnadas las calles de nuestro pueblo con su poesía, sus personajes y sus anécdotas. Era una vecina que desde luego no vivía en el anonimato habitual y puede que, precisamente por ello, porque en el colegio estudiamos su obra y porque sabíamos de su relevancia y repercusión en la cultura española, la sentimos incluso más cercana de lo que, paradójicamente, sentimos al vecino de enfrente.
Podría enumerar algunos de los muchos méritos que constituyen su biografía. Mencionar por ejemplo que una jovencísima Carmen ya publicaba relatos cortos como los que hoy nos reúnen aquí, o que su etapa universitaria nos dejó excelente poesía. Cómo desde que era estudiante recibió numerosos premios por su esfuerzo y su dedicación, y posteriormente por sus obras siendo, y esto me gustaría destacarlo, la primera mujer en recibir el Premio Nacional de Literatura por El cuarto de atrás, en 1978. Un merecido galardón que desde luego no fue el único pero sí fue uno de los más significativos y es que suponía un reconocimiento pionero y excepcional hasta entonces como también lo eran el espíritu y la defensa que hacía de sus personajes femeninos, entendiendo la feminidad como forma de expresión, revindicándola y haciéndose eco de un feminismo que puede que, muchas veces, no se supiera entender. Puede que lo que no se viera entonces fuese el hecho de que Martín Gaite nos hablaba por primera vez, directamente a nosotras y lo hacía recurriendo a sentimientos, y a imaginarios que, aun pudiendo ser imposiciones culturales (como también lo es la masculinidad), al menos relataba con voz propia, desde el conocimiento y desde situaciones que nos son cercanas y, por ello, más propias y útiles en nuestro día a día.
Podría continuar citando que perteneció a la llamada generación del 55, que viajó, que investigó, que tradujo al castellano obras fundamentales de la literatura como las de Virginia Woolf, a la que parece que Carmen guiñaba el ojo cuando escribía El cuarto de atrás.  Era Woolf la que hablaba de ese cuarto propio que las escritoras no tenían y, sin el cual, no podían encontrar la calma ni la tranquilidad para escribir. Un cuarto propio del que afortunadamente Martín Gaite se apropió y gracias al cual alumbró obras cumbre de nuestra literatura como Nubosidad variable, Entre visillos, La reina de las nieves o Irse de casa.
Podría continuar citando títulos, escenas que he vivido como vosotros y vosotras a mi manera pasando las páginas de sus libros. Podría recordar cómo ella decía que prefería “lo cercano conocido a lo lejano por conocer” y así definía su amor por lo cotidiano, cotidianeidad que con su dominio del lenguaje convertía en un hecho tan excepcional y a la vez tan vacuo como es la vida misma.
Pero sobre todo, y sin alargarme más, querría por encima de todo destacar cómo Carmen Martín Gaite pasó más de cincuenta años dedicada a lo que más amaba, la escritura. Por ello el mejor homenaje que podemos hacerle hoy es leer, escribir, releer, contar y recontar historias, y así homenajear a la mujer incansable, erudita, luchadora, amable, curiosa, persuasiva, perspicaz, y genial que ella fue.
En este punto sólo me queda animar, una vez más, a la agrupación cultural que lleva su nombre a que continúe con su labor e instarles a que por favor nunca cesen en su empeño por ofrecernos oportunidades tan especiales como este certamen literario que hoy celebramos. Y digo celebramos porque la literatura es, como dicen, una fiesta a la que todos y todas estamos invitados. Muchas gracias por asistir.

miércoles, 3 de agosto de 2011

La espera de los impacientes....


Autor/es:   Participantes XI Ed. (a la espera de la decisión del jurado)


Su obra:    La espera de los impacientes....


La impaciencia vivía en un bosque azúl rodeada de árboles entre los cuales se escondían los sueños.

En las raíces gigantes e imprecisas de un ciprés se asomaba la espera,elegante y absoluta.

Cada mañana, la impaciencia saludaba, socarrona, a la espera.
-¿Qué? ¿de espera?

Ella le devolvía el saludo cordialmente y visitaba las plantas cercanas,para darles la calma necesaria.

La señora impaciencia pasaba toda la tarde intentando alborotar el bosque y al atardecer...

Se escucharon ruidos en el bosque. Era Impaciencia que corría de árbol en árbol comprobando el estado de cada sueño.

Aunque todos los árboles eran azules, los sueños que los habitaban no eran iguales. El bosque azul lo poblaban sueños recién nacidos, sueños jóvenes y juguetones, sueños ancianos y débiles, y sueños enfermos.

Desoyendo los consejos (casi siempre sabios) de Espera, Impaciencia revolvía entre los sueños, agitándolos y destruyéndolos...

Entre una piedra que vivía a los pies del árbol mas pequeño se reflejaba un arco iris.

La impaciencia no podía agitar sus colores.Sus tonos eran tan vitales y firmes que le ganaban a las sombras.

En él habitaba, jugueteando con el resto de sueños, el de Luis: convertirse en un gran escritor.

Cada día la impaciencia se pasaba por el arco iris por si alguno de sus habitantes flaqueaba en la espera y poder ganárselo para su causa.

El sueño de ser un gran escritor estaba tan escondido allí....al borde de la cascada...parecía vivir esperando que la fuerza del agua lo guiara hacia el río.

En esa tarde naranja en la que el sol reflejaba sobre la corriente,una ola lo llevó lejos.El sueño parecía atemorizado.El sueño tenía miedo pero al llegar a la orilla de las razones...algo lo sobresaltó...

El sueño,aquel que se había sobresaltado,abrió sus ojos y sorprendido fue al pié de cada árbol.

Envueltos en papel celofán,con grandes tiras azules,estaban los diplomas.Cada árbol tenía uno.Cada sueño tenía un despertar y milagrosamente el sol le había ganado la batalla a las sombras.

Colorín,colorado.........

...y la impaciencia agachó los ojos, suspiró profundamente y se marchó camino de algún otro bosque donde sembrar el desconcierto y el desasosiego que en el nuestro no ha podido lograr." ... ESTE CUENTO SE HA ACABADO. Saludos a todos y felicidades porque ya somos un poco ganadores.


(Amigos anónimos).

sábado, 19 de junio de 2010

"Perros salvajes"


El autor:
María José Navarro Ferrer

Autorizo a la Agrupación Cultural “Carmen Martín Gaite” a que publique el relato “Perros salvajes” del cual soy autora, si así lo estima oportuno.
Su obra:
Título: “Perros salvajes”
Autor: Mª. José Navarro Ferrer

El parque oscurece a esas horas de la tarde. La mujer de la gabardina roja que lo atraviesa, piensa que tiene ganas de que pase la Navidad para que los días sean más largos. No ve a nadie paseando con sus hijos o con sus perros, este dato, aunque no está comprobado empíricamente, constituye para ella una garantía de que los desconocidos no son peligrosos. Se extraña porque tampoco ve a nadie sin niños o sin perros, como si todo el mundo tuviese algo que hacer a la misma hora en cualquier otra parte.

Tanta soledad también la asusta. En el tramo final del parque hay una zona en dónde la vegetación se hace más densa. Cualquiera podría permanecer allí escondido y esperar a que alguien como ella pase para atacarla.

Aparta esos pensamientos de su cabeza, ya casi ha llegado al final así que no piensa volverse atrás. Empieza a concentrarse en cosas bonitas: la nueva decoración de su piso, el libro que le han regalado para su cumpleaños.

El ruido de unos pasos interrumpe sus pensamientos. Alguien camina muy cerca. Puede oír el crujido de las hojas secas. Se gira asustada. El individuo que anda detrás de ella es de los que no llevan niño, ni perro, ni tan siquiera novia, dato que en este momento también la tranquilizaría, sin embargo, el desconocido de vez en cuando silba.

“Está avisando a alguien para que me corte el paso”, piensa ella, mientras el corazón le late desbocado, “tranquilízate, igual son todo imaginaciones tuyas” se dice mientras acelera el paso aferrada a su bolso.

A cuatro metros por delante de ella aparecen dos tipos más, se hablan entre ellos en un idioma extraño. Está acorralada. Caminan despacio. No tienen prisa. Saben que su presa está indefensa y que no tiene escapatoria. La mujer de la gabardina roja también lo sabe. El pánico le altera la respiración. Cada uno de sus músculos se tensa.

Su flujo sanguíneo irrumpe frenético en sus venas preparando la huida. De manera instintiva, se adentra a través de los espesos arbustos que hay a su derecha. Las ramas cortan su cara y la arañan por todo el cuerpo, pero no nota el dolor, solo puede sentir el apremiante deseo de escapar. Las fuertes palpitaciones de su corazón, ahogan las pisadas de sus rastreadores. Corre como si su cuerpo no pesara, como si las ramas de los arbustos no la frenaran. Sabe que le queda la esperanza de alcanzar la calle antes que ellos.

Consigue salir del parque. La maldita calle también está desierta. Se arrastra bajo un coche antes de que los tres hombres hayan podido alcanzar a verla. La mujer de la gabardina roja puede verles las botas desde su posición. De pronto, desaparecen de su vista. Dos se dirigen hacia la derecha corriendo. El tercero hacia la izquierda andando deprisa.

“Debo tranquilizarme” se repite mientras intenta tomar aire. Le duelen las heridas de la cara. Tiene sangre en las mejillas y en la frente. Siente el frío húmedo de la tarde que se espesa. Empieza a buscar su móvil. Oye el motor de un coche que se acerca por su derecha. Es un taxi y esperanzada le hace el alto. Sube precipitada y el taxista arranca. Piensa que ha estado muy cerca de perder el control de la situación. No ve a los tres hombres desde la ventanilla del coche. La mujer se abandona a la cálida protección del asiento trasero. Reanuda la búsqueda de su móvil para hacer una llamada. Se detiene aterrada. El taxista acaba de cerrar todas las puertas del coche. Ella mira al conductor a través del retrovisor. Es uno de ellos. La mujer forcejea con la puerta que no cede. Dos hombres se acercan corriendo por la acera. Son los otros. Sonríen satisfechos de haber recuperado a su presa. La mujer de la gabardina roja siente como el sudor le empapa el vestido. Nota como su corazón se descontrola de nuevo…no puede hacer nada. Se desdibuja su aspecto humano.

A la mañana siguiente una mujer lee en el periódico: “Tres cuerpos parcialmente desgarrados y devorados han aparecido esta madrugada en el interior de un taxi en las inmediaciones del parque Mérida. Todo apunta a que el atroz suceso lo haya llevado a cabo algún animal, que en opinión de la policía científica, bien podría tratarse de una manada de perros salvajes, aunque todavía no se explican cómo pudieron acceder al interior del coche”

La mujer de la gabardina roja se fija en sus uñas cuando va a tomarse el té, “tengo que volver a pintármelas” piensa mientras ve que aún le quedan restos de sangre.



María José Navarro

miércoles, 30 de diciembre de 2009

Volverán


El autor: M. Teresa Elizondo

Autorizo a la Agrupación Cultural Carmen Martín Gaite a publicar en la sección EL AUTOR Y SU OBRA el relato corto de mi autoría, "Volverán".

Su obra:

Título: Volverán
Autor: M. Teresa Elizondo A.

Hacía tan sólo una semana que el hombre había comenzado a unir su mente colectivamente, y los viajes astrales eran ya pan comido. Se había publicado incluso una guía con instrucciones precisas para poder realizarlos. Sé que debiera alegrarme, sin embargo me sentía culpable por ello. Todo aquel adelanto era sin duda fruto de mi trabajo, mi constancia y por qué no decirlo, también de mis mentiras. Podría considerarme el ser más importante de nuestro bello planeta, La Tierra, pero no sería más que otra gran mentira. Habían transcurrido apenas diez años desde aquella fatídica mañana, para mí toda una eternidad. Cada día antes de acostarme intentaba cerrar los ojos y echar al menos una lágrima. De esta manera me sentía más humana, pero llevaba meses sin conseguir expulsar gota alguna. Mis lagrimales se habían secado, al igual que mi corazón. Aún me quedaba aquella presión que oprimía mi pecho y conseguía dificultar mi respiración. Nunca pensé que llegaría a familiarizarme e incluso alegrarme con aquel dolor. Era todo lo que me quedaba de ellos.


Encendí el ordenador para observar el índice terráqueo global de suicidios. Había descendido un cinco por ciento con respecto al año pasado. Los datos seguían una curva descendiente exponencial, como todo aquello que seguía el orden natural de las cosas. Resultaba irónico pensar en ello.

Casi todos los seres humanos teníamos el pelo cano. Nadie se molestaba en teñirlo. La desidia era generalizada, a pesar de todo nuestro desarrollo mental. No era el único cambio físico que se había operado. El tamaño de nuestras cabezas era ligeramente superior, sin duda debido al desarrollo forzado de nuestros cerebros. Combatir con los dolores de cabeza resultó duro al principio, pero no tanto como lo fue intentar detener la avalancha generalizada de suicidios.

Cada día me pregunto si estoy actuando correctamente, si la humanidad está siguiendo el rumbo establecido y alcanzaremos el trofeo esperado, o simplemente somos meros títeres y no los volveremos a ver hagamos lo que hagamos. Yo sigo apostando por lo primero, pero ya somos pocos. Tal vez todo termine antes de que lo consigamos y todos nuestros esfuerzos hayan sido en vano. Me hubiera gustado no ser la escogida, demasiada responsabilidad. Sin duda resultaría más sencillo haber sido manipulada como todos los demás. Quién sabe, de no haber sido yo, quizás no seguiría con vida, un simple dato más en las estadísticas de suicidio.

Cuán extraño y dirigido había sido mi desarrollo profesional, de psicóloga carcelaria a desarrolladora mental global. Todavía recuerdo la ilusión con la que acudía a los casos inusuales. Lo segura que me sentía conmigo misma y con todo lo que me rodeaba. Lo feliz que era con los míos, segura de que jamás habría nada ni nadie capaz de poder alterarlo. Mi querida y dulce Helena, de tan sólo cuatro años de edad. Recuerdo sus parloteos, no había manera ni modo de callarla. Y mi Miguel, dos añitos recién cumplidos, al que le acabábamos de quitar los pañales y en tan sólo dos semanas tenía dominado el asunto en cuestión. Recuerdo su culito respingón al tratar de subirse él solito a la trona. Le gustaba hacerlo todo por sí mismo, independiente hasta el final sin que ello restase cariño alguno a su personalidad.

De haberlo sabido no hubiera acudido aquella mañana diez años atrás, aunque sin duda mi ausencia no hubiera hecho otra cosa más que retrasar lo inevitable. Entré en la celda con la sonrisa absurda de cada mañana. Saludé a mis compañeros y me senté en la mesa frente a aquella mujer con aires de parecer interesarme su bienestar. Saqué cautelosamente los papeles de mi maletín y los releí atentamente. Mi trabajo consistía en distinguir a los que transgredían la ley a conciencia de los que lo hacían por enajenación mental.

Uno de los principales signos visibles de enajenación mental era la falta de aseo personal. Aquella mujer vestía correctamente. No llevaba puesto un calcetín como gorro, bufanda o guante ni nada similar. Las ropas se correspondían a la moda contemporánea e iba acicalada tal y como se esperaba de cualquier persona en sus cabales. Su cabeza era en proporción más grande de lo normal, aunque sus rizos lo disimulaban adecuadamente. Era de complexión pequeña y en su ficha constaba que no consumía drogas ni alcohol, todo ello acorde con los resultados de los análisis clínicos efectuados. Su situación laboral era activa y formaba parte de un importante equipo de astrólogos. El test de inteligencia delataba un coeficiente muy superior a la media. Esta vez la mera observación no bastaría para emitir un juicio de valor acertado.

- Por favor, indíqueme si alguno de los siguientes datos es incorrecto – inquirí – se llama Carol, mujer, heterosexual, treinta y cinco años de edad, soltera, sin descendencia ni ascendencia conocida, astróloga, habiendo cursado estudios en la Universidad de Chicago.

Carol respondió con un leve movimiento de cabeza en señal afirmativa. Emanaba tranquilidad a pesar de encontrarse en un gran aprieto. Como en todos mis interrogatorios había dispuesto que minutos después de haber comenzado mi trabajo un compañero entrase en la celda con el fin de advertir que había olvidado traer el detector de mentiras. Me gustaba actuar de esta manera pues aquello confería confianza a mi paciente. Era una manera más de quitarle importancia a aquel artefacto.

- Muchas gracias Carlos. Lo olvidé, no consigo familiarizarme con el detector, ya sabes que la tecnología y yo estamos más bien reñidas. ¿Te importaría instalarlo y recordarme rápidamente cómo funciona?

Ahora todos esos jueguecitos de simular lo que no es me resultan ridículos. Era entonces cuando me encontraba en uno de los momentos decisorios para la humanidad y no supe verlo. Era yo la que se suponía que estaba representando un papel, mofándome interiormente de ella. Ahora sé que en realidad era ella la que actuaba y de mí de quien se estaban burlando. Instantes después Carlos abandonó la celda.

- Bueno, regresemos a donde nos encontrábamos. Creo que ya sabe de lo que se le acusa. Resulta curioso que no haya ningún fin en ello, al menos visible a nuestros ojos. Ellos no han sufrido daño alguno, al menos físicamente, y todos han regresado al cabo de un menor o mayor tiempo. Durante su ausencia no se ha intentado establecer comunicación alguna, ni tan siquiera con alguna organización gubernamental. No ha habido exigencias de ningún tipo, ni antes ni después de sus regresos. ¿Podría explicarme Carol a qué se debe todo esto?, ¿qué es lo que pretendía obtener con ello?

El segundo signo indicativo de enajenación mental solía corresponderse con el gozo o disfrute del terror y sufrimiento de la víctima. Sin embargo a pesar del cuantioso número de pruebas efectuadas no se había detectado indicio alguno indicativo de algún tipo de abuso específico. Para ellos aquel paréntesis en sus vidas no había significado más que un simple vacío indocumentado.

- Eli, – recuerdo perfectamente la familiaridad con la que se dirigió a mi persona. Todavía me pregunto cómo no me di cuenta entonces de que usase mi apodo sin que antes nadie lo hubiese mencionado. Yo no lo usaba en el mundo laboral, sólo para con los míos - llevo años estudiando a la humanidad, haciendo comparativas de muestras de datos con respecto a curvas teóricas. Y es tan pobre el resultado…, hemos invertido tanto…, hemos depositado tanta confianza en vuestra especie…

- ¿nuestra especie?, no entiendo Carol, ¿a qué se refiere?, ¿acaso pretende indicar que usted no es un ser humano?

El tercer factor indicativo de enajenación mental consistía en el discurso sin sentido. Normalmente este factor se presentaba en gente socialmente inadaptada, particularmente frecuente en personas con diferencias físicas o psíquicas notables. Aquel coeficiente intelectual inusual sin duda conferiría objetividad a mi análisis.

- Provengo de otro planeta, Telsamus, pero esto no viene al caso. Todo esto ha ocurrido para llegar a ti. Seré breve pues he de regresar lo antes posible para que tú puedas comenzar con tu labor.

<>, esas palabras quedaron grabadas en mi mente. Me escogieron a mí y ahora veo el porqué. A esas alturas de la conversación yo ya la había declarado loca. Mi veredicto había sido tomado. La recluiría para el resto de sus días.

- Vuestro desarrollo mental es escaso. Mi cometido era localizar la causa, y la hallé. Concentráis un excesivo interés en ellos, tanto que apenas dedicáis tiempo a las técnicas mentales. Durante sus ausencias, he podido apreciar un desarrollo apreciable, claro que todo este trabajo lo he ejercido sobre una pequeña muestra. Mañana será el gran día. Lo aplicaremos sobre la población completa. Desgraciadamente se prevén reacciones negativas. El ser humano necesita un fin para vivir. Tú serás nuestro portavoz. Explícales la razón, qué es lo que esperamos y las ausencias serán corregidas.

No recuerdo mucho más, apenas la presté atención. Redacté el informe y me despedí de ella apresuradamente. Sus palabras no tenían sentido entonces, y volví con los míos. Cómo no me di cuenta entonces del plan. No lo vi hasta que fue demasiado tarde. De haberla creído…, y ocurrió, ellos desaparecieron, todos ellos, toda la población, todo el planeta, todos los nuestros, nuestros queridos niños. Mi Helena y mi Miguel, ya no están conmigo. Sé que están vivos y que más tarde o más temprano volverán, y depende de mí, del progreso que sea capaz de generar, de todos nosotros, de la humanidad. No son más que ausencias, ellos volverán. No sé hasta que niveles hemos de llegar, pero no puedo abandonar. He de recuperarlos, ellos volverán. No cesaré mi ardua labor. Fomentaré el desarrollo mental hasta niveles insospechados, frenaré el índice terráqueo global de suicidios y volverán. He de creerlo, y han de creerlo. Nada más importa, sólo ellos, nuestros niños. No podemos abandonar, pues volverán. No podemos terminar, pues volverán. Os aseguro por lo que más quiero que ellos volverán, creedme, volverán. Volverán...

sábado, 5 de diciembre de 2009

Dos amigos difuntos



El autor:  Isabel Garzón Guadaño


CERTAMEN MANZANARES EL REAL 2009


En este Certamen de mi pueblo Manzanares al que yo quiero y admiro mucho, me he presentado con esta, tres veces.' En el año 2001 gané el segundo premio en poesía y estoy muy orgullosa de tener este reconocimiento.

Me gustan mucho los cuentos y también tengo otro premiado en Cerceda. Los cuentos han sido para mi, mi mejor lectura, he leído muchísimos y los que más me gustaban eran los de miedo, y me siguen gustando a mis 81 años.

Tuve la suerte, entre la poca que he tenido, de tener un padre que además de su cariño nunca me faltó un cuento. Él decía que eran cuentos sin importancia pero para mí tuvieron tanta que los guardo en uno de los cajones de mi cerebro bien echados con llave.

El año pasado en el certamen que se hace en Cerceda saqué uno del cajón y este año he sacado el segundo para Manzanares, que es mí pueblo y quiero que antes de que la carcoma se coma el cajón que guarda todos mis cuentos ir sacando todos poco a poco. Y te advierto lector que éste, es un cuento heterodoxo, no diré que deba ser quemado, por mano de verdugo, pero debe ponerse en la vieja advertencia de precaución.

Autorizo a la Agrupación Cultural Carmen Martín Gaite a publicar en la sección EL AUTOR Y SU OBRA el relato corto de mi autoría.


Su obra:

Título: Dos amigos difuntos

Autor:  I. Garzón Guadaño

Parece ser que Dante admite que las almas que se van al cielo, mientras llega el día de la Resurrección de la carne, vuelven a enfundarse el cuerpo cosificado con cierta nostalgia hacia la vieja carne de la cual fue revestido,


Sin duda es por ello por lo que Daniel, cantero además de vaquero y Fernando amigo de este después de pasar unos días en el Purgatorio entraron juntos a la Gloria. Ellos se querían mucho y sentían mucho apego por lo que habían dejado aquí en la tierra. Daniel, su mujer, dos hijas, una nieta, por las que sentía mucho cariño. El otro amigo, Fernando, había dejado a Sol, que así se llamaba su mujer, una hija, un hijo y cuatro nietos.

Los dos amigos se lamentaban de que después de mil ingratitudes y desengaños habían empezado a abrirse paso en la vida fue precisamente cuando la muerte les sorprendió y es la única cosa en que realmente la muerte nos sorprende a todos.

Daniel sintió mucha alegría cuando le comunicó San Pedro que su amigo, Fernando quería verle y darse un paseo por el cielo, y como los espíritus pueden andar entre nubes, que dicen son las alfombras de su suelo, entre paseo y paseo se fueron contando que tenían ningún dolor, ni tristezas, pero que echaban de menos todo que tenían apego en la tierra.

Daniel quiso ponerse al corriente de lo que había pasado aquí, en la tierra y le preguntó a su amigo.

Su amigo Fernando le dijo: "mira, yo creía que aquí en el cielo os tenían al corriente de todo lo que pasaba en la tierra y que desde el cielo podías observar todo pero me das una alegría enorme por poder ser yo tu confidente y poder contarte todo. Tú amada mujer, Milagros, sigue sin otro hombre, tu no sabes lo apenada que se quedó. Me decía que tu eras lo mejor y lo más bonito que había tenido en su vida. Tus hijas te echan mucho de menos, Marta tiene una niña muy hermosa, se llama Aitana y Mari Flor está muy contenta pues tiene una nieta de su hija Laura, es preciosa. Como verás ya eres bisabuelo y siempre han dicho que para ellas fuiste el mejor padre del mundo".

Daniel como si saboreara los recuerdos de su dulce mujer le decía a su amigo Fernando: "tú no sabes bien cómo yo las quería. No puedo negar que a mi mujer la adoraba, y lo sigo haciendo, sé que me necesita y me echa de menos, como yo a ella".

Daniel se extendía contando a su amigo y saboreando los recuerdos con su dulce mujer, recordando sus virtudes, su modestia, sencillez, y de vez en cuando defendía con efusión algún detalle, "te acuerdas como hacía magdalenas y los callos y las manitas de cordero que a mi tanto me gustaban y que alguna vez hemos comido los dos juntos".

Estos detalles emocionaban a su amigo y contestaba también con su locuacidad confidencial: "no puedo olvidar lo que con mi enfermedad he hecho sufrir a mi mujer Sol, que el nombre la honra pues ahora sin ella estoy a oscuras y ahora me doy cuenta de todo lo que la debo. Siempre estaba pendiente de mis pastillas, de mis inyecciones, siempre detrás de mí pues yo era un rebelde. También ahora recuerdo la mesita redonda que tenía al lado de la ventana de la cocina, desde allí curioseaba todo lo que pasaba, los que venían a la Casa de la Cultura, los del bar de enfrente y en especial a los que entraban y le hacían alguna visita. También ahora comprendo lo injusto que fui con mi mujer, la hice sufrir mucho " Daniel a todo esto le contestaba diciendo que los dolores y la enfermedad se rebela justo con el que menos lo merece, con el que tienes más cerca, más cariño y más confianza, y añadía: "tu mujer y la mía se merecen la Cruz del Mérito a la Paciencia. Me sería muy grato poder bajar a la tierra a ver a mi Milagros, que hasta el nombre la honra por lo que conmigo hizo, ¡Cuánto me pudo soportar! sólo coser y callar, creo que en cada puntada que daba, dejaba cosido un recuerdo mío".

Por fin un día Daniel y Fernando se pusieron de acuerdo para pedir audiencia con San Pedro con la intención de solicitar bajar a la tierra y ver sus mujeres en el dolor de viudedad. Y dicho y hecho se dirigieron a pedir licencia a San Pedro, el celeste portero que era el encargado de estas cuestiones allá en el Cielo.

San Pedro les recibió en su celestial portería detrás de su pupitre dónde su principal ocupación era ordenar el registro de entrada a las alturas. El apóstol al ver a los dos amigos se subió las gafas a la frente y les preguntó suavemente  por su deseo. Daniel y Fernando expusieron tímidamente sus pretensiones y sobre el rostro barbudo del apóstol se dibujo una leve sonrisa.

San Pedro primeramente trató de hacerles desistir de su petición diciéndoles que había muchas solicitudes de licencias ya pedidas pero viendo su deseo e insistencia por conseguir su objetivo permitió concederles el permiso, "bueno, bueno el día de difuntos tenéis licencia para dar una vueltecita por la tierra, pero debéis regresar a las doce, sed puntuales hijitos".

Los dos amigos salieron radiantes y agradecidos al Apóstol y este movió la cabeza sin abandonar su sonrisa, luego al poco rato volvió a su tarea, el registro de entrada.

En la madrugada del día de difuntos bajaron los dos amigos a la tierra como dos chiquillos en vacaciones con el objetivo de ver lo que habían dejado allí abajo.

Dos horas antes de lo convenido Daniel y Fernando aparecieron en la portería celestial y San Pedro sonriendo y acariciándose la barba se dirigió y les dijo: 99 pero ¿qué es esto hijos? ¿Tan pronto aquí?" a lo que ellos contestaron que 91 no quería abusar La sonrisa del apóstol no se hizo esperar y parecía más intensa, "no hijos míos, no es abuso, y ¿qué tal doña Milagros y doña Sol?

estarán inconsolables, ¿verdad? "Si, figúrese lo natural, Milagros de balneario" y dijo Daniel "y en la playa estaba Sol. "El tiempo atenúa todo" dijo El Santo y ellos se quedaron en un silencio embarazoso "el año que viene os dejaré dar otra “vueltecita", les dijo el Santo para romper tan tenso momento a lo que ellos contestaron "no se moleste, no vale la pena, déjelo que comprendemos que hay muchas peticiones.... " San Pedro reía y reía y decía: Con mucho gusto os dejaré partir de nuevo.... " y es que en la tierra sólo hay dolor y crujir de dientes..... y mucho desamor....

lunes, 5 de octubre de 2009

A corazón abierto


El autor: M. Carmen Prim Melcón

Autorizo a la Agrupación Cultural Carmen Martín Gaite a publicar en la sección EL AUTOR Y SU OBRA el relato corto de mi autoría, "A corazón abierto".

Su obra:

Título: A corazón abierto
Autor: M.C. Prim

Toc, toc, toc…
¿Me escuchas?... ¿Papá?...

Hace ya mucho tiempo que quiero hablar contigo y no hay manera de localizarte, así que he decidido que ésta sea la mejor forma de expresión dirigida y dedicada a ti. Para qué dejar pasar más tiempo, ya me conoces, siempre he tenido la necesidad de decir lo que siento porque el amor me invade y necesito compartir mis interioridades. Así soy. Considero que las cosas hay que decirlas, no con el fin de hacer daño, sino todo lo contrario para evitar males mayores, resquemores, sinsentidos… Para comprendernos, respetarnos, entendernos.
No me voy a quedar con las ganas de decirte que te quiero. Sí, sí, soy un poco pesada, te lo he expresado muchas veces y las últimas, cuando tuve oportunidad de articulártelo en persona, había algo que te llevaba a interpretar: “querer de amor o querer de interés”. A mí esa duda me ofendía de pleno. Provocaba un descoloque bestial a lo puro, lo bello, lo límpido. Ahora ya escucha Te Quiero… En esta comunicación de corazón a corazón, va mucho más allá, ahora no hay posibilidad de error ni de mala interpretación, ahora lo sé.
Amo todo aquello que ofreciste… la pena es que por el camino nos separara la distancia.
Me acuerdo mucho de ti y me apetece que se divulgue, tal es mi sentimiento que deseo compartirlo, ya no quiero guardarlo más. Te lo he dicho infinidad de veces a través del viento, de las estrellas, de la luna, del sol, ellos son buenos consejeros, pero tengo la sensación como si alguien de camino lo necesitara y lo retuviera para sí, así pues ésta tendrá que ser la forma en que por fin te llegue y además a todo aquél que le pueda interesar.
Mi ojo izquierdo ha decidido protagonizar la melancolía y deja escapar una lágrima tras otra… muy despacio y con cariño… con mucho cariño.
Llevo mucho tiempo tras tuyo, lo sabes, y me da que tú te quedaste con las ganas de vernos, de hablar, de compartir unos momentos, unas miradas… aprovecho pues la ocasión y me aseguro de que lo percibas.
Ya he hecho otros intentos, en vano, y el pasado año estaba demasiado afectada.
Ahora hace un año, día arriba día abajo, que me enteré de tu marcha.
¿Adiós?
Sí, pero no como aquella vez, allá por el 77. Esta vez diferente.
Ahora sé que no te encontraré ya por ningún sitio, no como tantas y tantas veces que te he sentido muy próximo, y te he visto en muchas personas que no eran tú.
Lo bueno es que te siento muy cercano.
¿Sabes que guardo muy buenos momentos vividos contigo?
¡Cómo no! Sería una necedad olvidar. Me parece una forma muy bella de iluminar otros momentos menos gratos…
Tuve una infancia envidiable. La vida y el mundo me parecían magia pura. Quizá por ello me acuerdo ahora tanto de ti, porque me vuelvo a sentir así.
Fuiste un artista, un genio y me quedé con las ganas de escribir un artículo sobre tus logros. Quizá por ello sienta como una asignatura pendiente y sea ésta la forma de desquitarme ya, por fin.
Tu gran afición la convertiste en oficio, las maquetas, las reproducciones a escala y miniatura. Todavía veo esas tallas en tiza ¡qué paciencia y qué arte!, aviones, barcos mercantes, de guerra, teléfonos… ¡qué pulso tan firme! La maqueta del satélite era una fantasía maravillosa, reflejo de la realidad del avance tecnológico, eran los años sesenta y algo, me quedaba embobada con ese satélite de comunicaciones moviéndose alrededor de la tierra que encendía los lugares a su paso.
Cuando íbamos al campo cogíamos plantitas, semillas… que luego utilizabas para adornar esas reproducciones. Estabas dedicado en cuerpo y alma a tus creaciones, tanto, que, a veces, te traían tus compañeros de trabajo a casa desvanecido, agotado por no dormir y no parar. Todo para cumplir con los plazos de entrega. Es complicado renunciar a algún encargo pues podía significar una puerta cerrada en el futuro.
En ese tiempo tan complicado nos llevabas a ver a los abuelos a Valencia y de allí, nos acercabas a algún lugar en la costa y nos visitabas de viernes a domingo… ¡Qué recuerdos tan extraordinarios guardo de esa época! Teníamos una relación muy bonita. Suele ser así, por lo menos eso dicen entre la relación de las hijas con sus padres y la de los varones con las mamis ¡Me cogías en brazos con unas ganas!... A mí me encantaba, disfrutaba de una manera inmensa. Sentarme sobre tu tripita cuando estabas tumbado en la playa me parecía lo más maravilloso del mundo, y luego, para mayor gozo, me elevabas con los brazos hacia el cielo y me encogía y retorcía de alegría… ¡qué carcajadas y qué risas!
Por entonces coincidíamos con los primos y nos juntábamos unos cuantos. De bien niña, podría tener 3 o 4 años a lo sumo, os dio por vestirme de fallera, ¡qué sufrimiento! Se supone que a los abuelos les haría mucha ilusión, por lo visto era de una vecinita que tenía mis años y nos dejaron el traje y adornos. Todavía lo tengo presente, no tanto por el vestirme que resultó bien entretenido, sino por el peinado de las dos trenzas que me hicisteis y luego enroscasteis a cada lado de la cabeza y, lo peor de todo, las peinetas, ¡qué pinchotazos tan tremendos en la cabeza! y con el pelo tan tirante que no pude aguantar el dolor tan inhumano que sentí y lloré y lloré a base de bien, no había forma de aplacar mi sufrimiento. Tú, gran amante de la fotografía y el cine, grababas la ocasión, pero salí encima de un pozo con una llantina de cuidado. Creo que alguna imagen quedó de cuando consiguieron tranquilizarme un poco y salía caminando, a duras penas porque resultaba bastante difícil, debido por un lado a los pocos años que tenía y por otro a la cantidad de capas que llevaba entre faldas, combinaciones y medias.
Cuando niños, tuvisteis una idea muy bonita, conocer el litoral de la Península Ibérica a través de sus cabos y faros, una forma preciosa de aprender geografía. ¡Qué lugares más recónditos, cuán bella y sorprendente se manifestaba la naturaleza con sus olores, ruidos, colores y qué carreterillas! Aún hoy me transporto a esa época cuando subimos un puerto de montaña en coche y suenan esos mojones de obra o de piedra que resuenan con ese rítmico ruido tan particular. Estoy impregnada de tal manera de todo ello que es habitual que ante un olor, una imagen, un ruido me venga de pronto un momento similar en la niñez.
En cierta ocasión se estropeó la bocina del vehículo y nos comprasteis unas trompetas de juguete en una tienda y cuando venía una curva muy cerrada nos decías que las sopláramos, ¡qué ruido más estruendoso! Acabamos todos un poco saturados, hasta que por fin encontramos un taller donde poder solucionar el problema.
¡Qué de aventuras! ¿Ves como no es posible acabar con todo aquéllo?
De niña era muy miedosa, tanto que llegaba a pasar verdadera angustia por las noches, cuando ya todos dormíais. Me escondía entera bajo las sábanas pero duraba poco tiempo porque me ahogaba ahí debajo, así que tenía que hacer un mini agujero por donde entrara el aire y poder respirar. Sólo a la tía se le ocurría hablarme de brujas, monstruos y cosas por el estilo con la excusa de que o comía o venía alguno a llevarme. Llegó a tal punto que en un par de ocasiones y haciendo un gran alarde de valentía corrí a refugiarme al cuarto vuestro que estaba justo al lado del mío, pero con tan mala pata que a tí no le hizo ni pizca de gracia. Entonces, lo que fue genial fue la manera de ayudarme a superarlo.
Por entonces sacabas en cine aquellas ocasiones que te parecían más oportunas y, en el pueblo, en El Boalo, nos estaban excavando un pozo. No se cómo ocurrió pero el caso es que nos sacaste nadando en el mar y, por aquellas casualidades de la vida, se impresionó sobre la misma película en la que los obreros estaban trabajando, ¡fue todo un acontecimiento extraordinario! Ahí salíamos nosotros, los niños, que parecíamos gigantes, nadando y manoteando sobre los obreros, y gracias a ese llamémosle error – casualidad, me empecé a reír y empecé a ver con menos pánico las películas de gigantes, de King Kong…. típicas de entonces.
Ahora sé que es, ya no bueno, sino muy saludable tener recuerdos, pero, eso sí, no quedarse enganchado con ellos, ni con los buenos ni con los malos, no, simplemente, recordarlos con ese regustillo, sin dejar que te amarren.
Unos años atrás, volvía de tomar un “tentenpié” en el momento de desconectar un poco del trabajo y se me vino una sensación bastante agobiante, y, sin venir a cuento, el agobio fue tal que me hizo llorar y llorar, y no había forma de que se me pasara antes de regresar a la tarea. Me vino tu recuerdo de pronto, sin más. Estuve en el lavabo mojando mis muñecas y aclarando la cara. Hacía bastante que no tenía noticias tuyas. Puede que entonces desearas algún contacto y me llegó de una forma brutal, pero la situación no te lo permitió. Estuve tras tus pasos pero no conseguí nada. Luego con el tiempo me enteré que habías estado bastante fastidiado y que habías pasado por quirófano.
Un Profesor recién me comentaba que algunos hombres, cuando tomáis la decisión de cortar, va por encima de todo, incluso por encima de vuestros momentos de duda ¿debilidad?, de dar marcha atrás e intentar el arreglo ¡Vaya vaina!, no se me ocurre nada mejor que decir. El aprendizaje ahí queda. Ante cualquier momento se hace necesario una buena degustación, una adecuada digestión y un correcto proceso ayudan a avanzar y crecer en el camino.

Bueno, que Te Quiero muchísimo

lunes, 24 de agosto de 2009

Déjame ir....

El autor: Adelfa Martín Hernández

Autorizo por medio de la presente, se sirvan publicar en su blog lo que les adjunto, un cuento-reflexiòn muy cortito, si es que les parece bien y es de su gusto.

Atentamente,
Adelfa Martìn

Su obra:

Título: Déjame ir

Autor: Adelfa Martín Hernández


DÈJAME IR...

Escribo para ti porque lo hago en silencio, plasmando las tonterías que se me ocurren cuando estoy sola, y puedo adentrarme en mis sentimientos, pensamientos, deseos y contradicciones, si mi única compañía es la música que me sirve de fondo.Escribiendo en soledad, puedo decir lo que quiero sin sentir que alguien está mirando sobre mi hombro, sin ser espiada, sin que traten de leer entre líneas lo que si pasa por mi mente, pero que me esfuerzo por no dejar? aún? traslucir.Puedo decir sinceramente que ya no me interesas, que estoy más sola, fría y distante cuando estas cerca de mí, que en estos momentos de real y palpable introspección. Que eras? que fuiste? que sentí? que te amé?Difícil no herir tu susceptibilidad si con poco que te fijes, habrás de darte cuenta que hay cosas que se transparentan, asoman a los ojos, se palpan en el aire... y tu debes notarlo.Deseo que lo notes, deseo que seas tu el que me digas ya no te amo? ¡como aliviarían mi alma esas palabras!?todo, menos sentirme culpable porque soy desagradecida, indiferente, poco solidaria, o que olvidé con gran facilidad las tantas cosas que has hecho por mí.

Sin embargo, como te daño más?¿hablando o callando?...callando, ¡claro está!, pero deseo alargar en lo posible esa felicidad ficticia en la que vives, porque te quiero lo suficiente para que me importe tu, solamente postergado, sufrimiento.A veces creo que lo sabes, que lo sabes muy bien, pero en tus ansias por negarte a esa realidad que tienes ante los ojos, finges demencia, te haces el desentendido para no darte cuenta de nada?entonces ¿Quién es más egoísta?, porque siendo así, sabes que estas sacrificándome en aras de tu propia falsa felicidad, ya que en el fondo no lo eres?no puedes serlo?Lo que gritaría es que ya no te quiero, que no deseo seguir contigo, que me duele tu presencia y me hace feliz tu ausencia. No nos engañemos, realmente lo nuestro ni siquiera se parece a lo que fue, ni para ti ni para mí.

Por favor?.Déjame ir, caminaré hacia mi vida futura sin ataduras, sin lastres, sin dolor, sin rencor; me iré de la mano de lo desconocido que conjura mi alma y excita mi imaginación. No iré despacio, correré hacia el final del arco iris que brilla para mi sola, ofreciéndome toda clase de posibilidades.
El pasado es reserva de experiencias, el futuro eriza la piel, y, extendiendo ante nosotros sus alas blancas, brillantes y transparentes, nos sube alto para que volemos en el atractivo carruaje de la esperanza, de los sueños que queremos exprimir gota a gota, de la aventura, que solo puede disfrutarse en total ...libertad

Adelfa Martín
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